La tormenta interior azota de nuevo,
abriéndose paso en el mar de la
sinrazón, inmersa en el torbellino de
mil emociones que como inmensas nubes
no dejan ver la claridad y cuyo único
objetivo es adentrarse en la densidad
para poder liberarlas, transformándolas
en agua para que limpie, refresque y
purifique todo lo que ensombrece el día
y así pueda surgir de nuevo la luz del sol,
abriéndose paso entre las nubes que
como restos de algodón, iluminan con
su blancura el azul intenso del cielo
calmo y sereno; en la certeza que la
oscuridad no es la ausencia de luz,
sino un estado de la mente que al
igual que la tormenta precisa existir
para el renacer constante.
